El mito del muro

Derribo del muro de Berlín

Derribo del Muro de Berlín (puede leerse "Hilflos" -desamparado- y, problablemente, "ratlos" -desconcertado-).

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Medio país que vive más de 25 años soñando con el otro lado del muro que lo separa de su otra mitad; ese muro cayendo al fin; la celebración colectiva de la caída, la estupefacción cuando pasan los días y hay que afrontar el futuro, la desilusión cuando pasan los años y nada resulta ser como se imaginaba. Todos estos elementos hacen que la construcción y caída del muro de Berlín (único construido para evitar, no la entrada de los foráneos, sino la salida de los propios) se preste a constituirse en mito fundamental de nuestra época, en el mismo sentido en que en su día lo fueron los de la literatura griega. ¿Cómo hubiera narrado Platón este  mito del muro?

-Imagina una ciudad sin casas, una mera montaña de escombros que sus habitantes se afanan en despejar para reconstruir en ella sus hogares y sus vidas. ¿Crees acaso que este empeño estaría alimentado sólo por su incapacidad de concebir otro proyecto que la supervivencia diaria? ¿O te parece más bien la muestra de un inquebrantable tesón, de una valiente decisión de borrar los errores del pasado y volver a empezar?

-A tu primera pregunta contestaría que sí, pero planteas la segunda de una manera que también me inclina a contestarla afirmativamente, así que dudo. Responde tú.

-Temo no poder sacarte nunca de esa duda. Pero imagina ahora que esa ruina, habitable sólo en las condiciones más miserables, es codiciada como botín de guerra por los ejércitos vencedores.

-Me cuesta, a no ser que les moviera el deseo venganza. ¿Acaso no sería legítimo, dada la magnitud del delito cometido?

-Pero por eso mismo imposible de satisfacer. De todos modos, si sólo la venganza y el expolio movieran a los ocupantes, ¿conseguiría reconstruirse la ciudad?

-Sólo con muchas dificultades y muy lentamente.

-Y si los ocupantes actuaran de manera más inteligente, ¿no harían grandes préstamos a la ciudad ocupada para que ésta recuperara pronto su actividad y pudieran cobrarse doblados o triplicados esos préstamos? ¿No les resultaría más provechoso ese botín que una primitiva venganza?

-Hasta tal punto, que a veces sospecho que no se empiezan las guerras con ningún otro fin.

-Si una parte de la ciudad fuese administrada según el primer modelo y la otra según el segundo, ¿no serían bien diferentes las dos mitades al cabo de unos años?

-Por supuesto.

-¿No despertaría, a pesar de sus deudas, la mitad reconstruida la envidia de la mitad expoliada?

-Por supuesto, probablemente muchos emigrarían de ésta a aquella.

-Pero entonces la mitad empobrecida se quedaría vacía. Para evitarlo, las autoridades que administran la ciudad empobrecida deberían prohibir la salida a los habitantes de su parte.

-Muy triste es que se impida a alguien la entrada a un país, pero cuánto más triste que se le prohíba salir de él.

-Piensa ahora si los habitantes de la mitad empobrecida no intentarían, en su desesperación, todo tipo de artimañas para salir de su ciudad natal, sabedores de que la violación de la norma quedaría sin castigo una vez en la otra parte de la ciudad. La única manera de retenerlos contra su voluntad sería construir un alto muro que siguiera toda la frontera de la ciudad, y de todo el país.

-Tu descripción se asemeja a la de una monstruosa prisión.

-Claro, la única diferencia es que en ésta, se repetiría día tras día a los ciudadanos que el aislamiento persigue sólo su bien, sólo poder construir sin injerencia extraña un nuevo país basado en la igualdad y la cooperación.

-Son tan terribles los medios que, a mi parecer, deslegitiman tan noble fin, y me hacen sospechar que éste no debe ser sincero.

– También a mí. ¿Dejarían acaso los habitantes de este lugar de tener el pensamiento puesto en el otro lado del muro? ¿No parecerían residir allí, no sólo, para muchos, sus familias, sino sus oportunidades y sus sueños?

-Aunque pasaran treinta años, me parece, e incluso para los que nacieran ya en semejante encierro.

-¿Y la parte libre de la ciudad? ¿No contemplaría también nostálgica ese muro, como si le hubieran arrebatado una parte de sí misma?

-¡Qué triste es para cualquiera que las ventanas de su hogar den a una inhóspita pared!

-Quizá los que vivieron la guerra pudieran apreciar al menos la paz reinante en la actualidad. Pero es naturaleza humana que los jóvenes no pudieran conformarse con la clausura. Imagina que, a pesar de los impedimentos, uno de ellos logra saltar el muro e instalarse en el mundo exterior. ¿No constituiría la envidia de los otros?

-Sin duda.

-Piensa qué pasaría si, instigados por la pobreza del país, sus gobernantes tuvieran que aceptar la visita de los habitantes de la parte rica. ¿No sería mal negocio a largo plazo? ¿No despertarían esas visitas, cada vez más la envidia y la nostalgia de los locales?

-No pensarían en otra cosa que seguir el ejemplo de los que cruzan el muro.

-Claro. La situación se tensaría tanto que el muro acabaría convirtiéndose prácticamente en el único paisaje de la ciudad. Sus habitantes se levantarían todas las mañanas, a un lado, frustrados, al otro, indignados por el muro. Incluso la gente vendría de fuera de la ciudad y del país exclusivamente para ver el muro, y para cruzarlo delante de quienes no pueden cruzarlo. ¿Qué pasaría si, por fin, un día, consiguieran hacer caer el muro?

-Pues que serían libres, claro.

-Libres , ¿de qué?

-De cruzarlo y emigrar.

-¿Libres de abandonar sus hogares, sus trabajos, sus pueblos para comenzar desde cero una vida mejor?

-Naturalmente, con eso habrían soñado las últimas décadas, algunos toda su vida.

-Y, sin embargo, ¿no es el encontrarse sin hogar y sin trabajo causa de la mayor angustia?

-¡Pero eso es lo que querían!

-¿Acaso  no es una cosa querer lo que no se puede elegir, y otra enfrentarse a la propia capacidad de tener lo que se quiere?

-¡Me estás confundiendo! Para mí era todo mucho más sencillo, querían tirar el muro para poder salir y lo consiguen, ¿no lo cruzarían felices, no se abrazarían los de uno y otro lado?

-¿Y cuántos se sumirían en la desesperación, porque lo que habían construido durante treinta años parecería no servir para nada? ¿O porque no tendrían fuerzas para empezar desde cero? ¿O porque todos los jóvenes emigrarían? ¿No empezarían a añorar lo que contribuyeron a destruir?

-¿Qué quieres decir, que volverían a construir el muro?

-No lo sé, pero creo que un muro como el que hemos imaginado sería un símbolo tan perfecto de los muros que construimos y destruimos en nuestro interior, que si no existe, habría que construirlo. Y por eso mismo, una vez construido, aún vuelto a derribar seguiría siendo objeto de veneración de los fieles de documental televisivo y los peregrinos de viaje organizado.

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