Manifestarse colectivamente ante uno mismo

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Ya constituye un tópico apuntar a la falta de dirección personal e intelectual del movimiento 15-M. Pero es cierto que el éxito de la manifestación de ayer nos deja un cierto sentimiento de vacío. ¿Hacia dónde ir? ¿Es el sentimiento de que se hace necesaria una refundación radical del sistema lo que ha llevado a la gente a las calles?¿O sólo la demanda de repartir mejor las plusvalías del capitalismo salvaje? Me permito, a riesgo de resultar panfletario, señalar brevemente algunos puntos que cualquier cuestionamiento del sistema debería tener en cuenta, y aportar alguna propuesta de acción:

a) El dinero no viene respaldado por ningún bien, sólo por la deuda adquirida con la banca privada por los tomadores de préstamos, públicos o privados. (ver la entrada El dinero es deuda)

b) El endeudamiento de cada uno de nosotros, al crear masa monetaria, disminuye su valor (inflación). Tomar en préstamo 100.000€ del banco disminuye inmediatamente su valor y, de paso, el de mi salario.

c) Si los créditos crean dinero, ¿por qué nos dicen que nuestra crisis es crediticia?  Es que no lo es: en China la concesión de préstamos aumenta a un ritmo superior a un 100% anual (ver las estadísticas publicadas por el Banco Central chino). ¿Por qué, entonces, los bancos han dejado de conceder créditos aquí? Porque hemos saturado nuestra capacidad de endeudamiento: quien se ha hipotecado por 40 años ya no se puede endeudar más. Ahora se trata de endeudar a los trabajadores chinos, entre otros, para que se aten, como hemos hecho nosotros, a largas hipotecas y, en consecuencia, a los puestos de trabajo que les permitirán pagarlas. Por tanto, la llamada crisis tiene por objeto facilitar el traslado de la producción a países con mano de obra más barata.

d) La desaparición del crédito y los recortes en inversión pública (todo ello diametralmente opuesto a la tradicional receta keinesiana de inversión pública en tiempos de crisis de la inversión privada) apuntan a que el capital considera al  llamado “mundo desarrollado” un motor económico quemado por el sobrefuncionamiento de las últimas décadas, y se traslada a países más dispuestos a endeudarse. La vuelta de los inmigrantes a sus países de origen y la baja natalidad local harán el trabajo de eliminarlo como residuo del crecimiento económico. En síntesis: la llamada Globalización no consiste, como nos decían, en el dominio económico del mundo en desarrollo por parte del mundo desarrollado. Sino en el abandono de este último por el capital, cuya actividad sólo puede mantenerse, precisamente, en países en desarrollo, comprometidos con el aumento de su actividad económica.

e) ¿Qué puede hacer el ciudadano hoy? Darse cuenta de que con su endeudamiento está apoyando la creación del dinero que se presta a los países en desarrollo, no para ayudarlos, sino para endeudarlos. No creerse que para reactivar la economía haya que “consumir más” (y endeudarse más). Por lo tanto, se me ocurren dos acciones concretas:

1) Arrebatarle al capital su poder prescindiendo de los préstamos bancarios, hacer huelga crediticia. En su lugar, fomentar las redes de préstamo entre particulares, que no crean el dinero que prestan, sino que prestan sólo el ya existente y, de paso, revierten en esos mismos particulares y no en el capital los intereses (la llamada banca ética, por tanto, sólo constituye una opción si renuncia a los privilegios que la banca tiene en materia de “creación” del dinero).

2) No “consumir más”, sino “consumir diferente”. Primero, sin acudir al crédito bancario. Segundo, consumir “bienes” de alto valor añadido mediante el trabajo local, y poco consumo energético y de materias primas: alimentos ecológicos, educación, producción cultural…

Esto último exige una radical transformación individual. La revolución, pues, parece que es la que lleva a cabo cada uno con respecto a sí mismo. La indignación por las deficiencias del sistema capitalista tiene que llevarnos a una dignificación de nuestra vida que pase por la desalienación de nuestro trabajo y nuestro ocio. Está bien salir a la calle, pero los derechos que hay que reclamar nos los hemos de reclamar a nosotros mismos y, en el fondo, diría que esos derechos son uno: el derecho al significado:

Al significado de mi socialización laboral y personal, que me ha de unir a los otros en un proyecto nuestro.

Al significado de mi tiempo libre, que ha de ser liberador y autocreador.

Al significado de mi uso de las materias primas, que ha de suponer una relación con mi entorno natural, y no una explotación que nos sustraiga,  ni a mí ni a ellas, de ese entorno.

Resulta, pues, que aquello que se está reclamando en la calle, nos lo hemos de reclamar a nosotros mismos.

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