Taller de Filosofía: Heidegger, en Plaça Catalunya/Semprún: vivir para contarlo

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La última sesión de la temporada requería un título algo más informal. Pero, además, es cierto que no hemos podido evitar dedicar buena parte de ella a proseguir la reflexión en torno a la cuestión del liderazgo, enlazándola con los temas heideggerianos analizados últimamente. La desaparición de la figura del líder, ¿no despeja el espacio para el surgimiento del “se” del que habíamos hablado a propósito de “El concepto de Tiempo”? O, yendo incluso un poco más allá: ¿es realmente el líder imprescindible para la organización de la masa?¿o no será él mismo un efecto de un proceso impersonal previo? En términos de la “Psicología de masas” de Freud: ¿Es condición necesaria de la acción colectiva la identificación con el líder?¿O es ésta una atribución derivada de un movimiento impersonal ya en marcha? El “ejemplo Hitler” viene en estos casos siempre a la mente: ¿fue imprescindible la identificación colectiva con su figura para unificar la masa en torno a un proyecto colectivo? ¿O fue posible que él precisamente ocupara el liderato de dicho movimiento, porque el programa antisemita y pangermanista estaba ya en marcha?
Heidegger fue un pensador de vocación solitaria, feliz en su pequeña cabaña de los bosques de la Selva Negra. Hoy se la hemos cambiado por una tienda de campaña en medio de la gran ciudad. Quizá no se sienta muy identificado con el uso que hemos hecho hoy de su filosofía.
La segunda parte de la sesión la hemos dedicado a proseguir con el “El concepto de Tiempo”. El Dasein, nos dice Heidegger, se pone en camino de la muerte, entendida como el “haber ya sido”. Todo presente se pone en camino de haber sido ya. ¿No parece esto una visión narrativa de la existencia? ¿No es el literario el terreno del contar lo que ha pasado? El ya platónico ser para la muerte muestra así un cierto paralelismo con la perspectiva psicoanalítica. ¿Pasan las cosas si no me las cuento? Vayan estas preguntas como homenaje al desaparecido Semprún. Incapaz de habitar sus recuerdos del campo de concentración, abandonó durante décadas la producción literaria y, en sus palabras, “optó por la vida”. Pero, claro, él no era para-la-muerte, él manifestó hasta el final una profunda rabia por su condición mortal. Tampoco creía en los pueblos ni los destinos nacionales. Y, respecto a Heidegger, se encontraba al otro lado de la verja que rodeaba Buchenwald. ¿Hemos de optar por uno de los dos?

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