¿De qué tiene miedo la izquierda?

En las dos intervenciones precedentes hemos dibujado una España asolada por el paro y la corrupción política

El comentario de actualidad en la radio (escúchalo en DERF agencia federal de noticias)

¿Cómo no desemboca esto en un amplio movimiento de contestación?, nos preguntamos todos. ¿Cómo la indignación de los ciudadanos se queda en eso, en manifestación de un estado emocional subjetivo, sin derivar en acción efectiva alguna?.

Pero pensemos que cuando un ciudadano se queda en paro no pierde sólo el salario, sino también su lugar en una sociedad concebida principalmente como sociedad productiva (es decir, como empresa) y, por tanto, su principal ámbito de vinculación más allá de los lazos familiares o de amistad. ¿Qué sindicato, qué organización agrupa a esos 6 millones de desempleados? El reportero gráfico sueña con la foto de la manifestación todos esos parados reclamando en la calle su derecho constitucional al trabajo, pero, ¿quién la va a convocar?

En España, la falta de alternativa al sistema político actual es la falta de tradición asociativa alternativa a la promovida desde las instancias de poder. En la Europa del norte, el índice de implicación efectiva de los ciudadanos en organizaciones no gubernamentales es mucho mayor. Probablemente esto se deba a la influencia de la Iglesia protestante que, como es sabido, se constituye, al menos en principio, como una estructura fundamentada en las organizaciones de base, a diferencia de la católica, esencialmente jerárquica.

Las protestas multitudinarias del 2011 no consiguieron sobrevivir al miedo de la izquierda real a dotarse de de una estructura política que ya había dado motivos pare el desengaño en todo el espectro ideológico. Mirando hacia atrás, la victoria fascista sobre la República en nuestra Guerra Civil fue en parte la de la disciplina sobre el imaginativo experimento de un ejército asambleario. Parece que la voluntad de cambio está destinada, o bien a traicionarse en las organizaciones empresariales y políticas ya existentes, o bien a sublimarse en contemplativas conversaciones de bar.

Uno de los rasgos diferenciales de la tradición católica es la importancia del reconocimiento social de todas nuestras acciones: títulos académicos, salario, puestos en el escalafón laboral. Nada se hace gratis, lo cual no es que no sea legítimo, pero llega hasta el punto de enajenarnos la facultad de, sencillamente, saber lo que deseamos y actuar para conseguirlo. Esto resulta casi un tópico a nivel de psicología divulgativa. Pero parece que no pensamos que también nos impide ubicarnos al margen de la organización institucional ya establecida y llevar adelante iniciativas colectivas que la transformen. Más que al caos, parece que la izquierda tiene miedo precisamente a fundar un orden alternativo. Hay aquí un lazo con el pasado que no se acaba de romper.

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