El juego del dictador

El comentario de actualidad en la radio (escúchalo en DERF agencia federal de noticias)

Una de las industrias que no para de crecer a pesar de la crisis, o gracias a ella, es la de los videojuegos

El vertiginoso progreso de la informática permite hoy que por poco dinero pueda uno evadirse a un entorno virtual, pero de un realismo cada vez mayor, que contrasta con la parquedad de los de mi adolescencia, una estética casi simbólica que creíamos propia de una nueva forma de cultura, y que resultó obedecer sólo a las limitaciones materiales del hardware de los 80.

Por aquella época yo me aficioné a un juego de texto, de lo más realista, llamado Dictator, que corría en un sencillísimo ordenador llamado Spectrum, de 48Kb (sí, sí, Kb, no megas) de memoria, que se conectaba a la tele de casa y tardaba 20 minutos en cargar un programa desde un reproductor de casette. En ese juego (que un nostálgico ha resucitado online en http://www.nrtoone.com/dictator/), uno adoptaba el papel del dictador de, literalmente, una “república bananera”, y obtenía los puntos en función del tiempo que se mantuviera al frente de la misma y del dinero que lograba acumular en un banco Suizo. El juego consistía en que se le iban presentando situaciones (“se han levantado los campesinos y piden que disminuyan los impuestos”) y opciones (“reprimir o concederles lo que piden”), que tenían, naturalmente sus consecuencias (aumentar o disminuir la popularidad, aumentar o disminuir el dinero disponible). Si la popularidad disminuía en exceso, el pueblo se revolucionaba y, si no huía uno a tiempo, lo asesinaban y perdía los puntos correspondientes al dinero evadido, que ya no podría disfrutar.

Pronto aprendí que la manera de durar al frente de esa república no era mantener a todos contentos, sino apoyar a unos sectores y ensañarse con otros. Por ejemplo, cuanto más se empobrecía el campesinado y más hambre tenía, menor era también su capacidad de sublevarse. O si, al contrario, mantenía contentos a los campesinos, me ponía en contra al ejército, en cuyo caso lo más seguro era ejecutar a su cúpula y quitarle la financiación para debilitarlo y que no pudiera urdir un complot contra mí.

Esta mecánica del poder aprendí a identificarla en la Historia después, cuando la estudié por mí mismo y no en las tergiversaciones escolares. Cuando entendí, por ejemplo, que si los prisioneros de los campos de exterminio nazis no se sublevaron, no fue por conformismo judío, sino por el siniestro ingenio de sus verdugos para utilizar el apego incondicional a la vida de los delincuentes comunes, y el delirio ideológico de los presos políticos para administrar el hambre debilitada del resto.

Cuando me preguntan por qué la gente no se echa aquí a la calle, creo que una de las claves está en eso que no me enseñó la escuela sino un juego de ordenador. Incluso diría que precisamente en el hecho de que me lo enseñara un juego y no la escuela: que no se gobierna satisfaciendo las demandas de los gobernados, sino neutralizando su capacidad de demandar. No articulando a un conjunto de ciudadanos en torno a un proyecto común, sino dividiéndolos. No igualando derechos, sino estableciendo profundas fronteras entre los diferentes colectivos.

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