El día “de el” Libro

El comentario de actualidad en la radio:

Ayer se celebró en Catalunya el Día de el Libro • No el día de los libros, o de la literatura, no, sino específicamente el de el libro • Esto es así porque a lo que se dedica es al libro-objeto, por eso sus autores no celebran este día hablando de sus libros, o de aquello sobre lo que han escrito en ellos, sino a firmar sus páginas.

Hasta bien entrado el S.XX las páginas de los libros quedaban protegidas por tapas de gran discreción. De color liso, unos caracteres de tamaño moderado se limitaban a especificar el título y su autor, quizás la editorial. Los libros constituían un medio cuasimágico de transmisión de las ideas, y las librerías su santuario protector.

Probablemente en aquella época no gustaban de la exposición al sol. En todo caso, una calle llena de expositores improvisados de libros, en los que se alternaran las tapas marrones, verdes, rojas, pero siempre oscuras y lisas, hubiera sido difícil de asociar con celebración alguna.

Hoy, en cambio, esas mismas mesas sacadas a la calle el Día del libro, pero también, todo el año, los escaparates de la librería, constituyen para la visión una fiesta de fotos, títulos sugerentes visibles desde la distancia, diseños innovadores. El libro se ha transformado en objeto de consumo, y para encontrar lectores no tiene ya suficiente con su contenido, necesita atraer su atención por medio de una portada que represente lo que el libro mismo se siente inseguro de ser capaz de prometer. Un poco como las pizzas congeladas del supermercado.

Esta evolución hacia el libro-objeto no tendría más trascendencia que la de integrarse en la evolución general de nuestros hábitos de compra, si no fuese porque uno no puede evitar recordar en un día así una costumbre asociada a la lectura de aquellos libros-libro de tapas aburridas, que conoció por los pelos de manos de un abuelo lector. La de forrar con papel opaco (de periódico, si el lector no disponía de grandes medios) el libro que uno se aventuraba a sacar a leer al exterior.

Hoy, que en el metro consideramos imprescindible presumir de ser los afortunados consumidores del libro acabado de premiar, o los sesudos lectores de una obra de Kant, que no sé cómo no se ha editado aún con una enorme foto de la cosa en sí en su portada, nos resulta difícil imaginar que fuera común mantener en secreto la identidad de nuestra compañía impresa. Las razones, desde luego, pueden ser diversas, relacionadas con el compromiso en que pudiera ponerse uno, por ejemplo, siendo visto en compañía de Marx en Madrid o el Berlín en 1940; o con la necesidad de preservar del desgaste un bien incomparablemente más caro de reemplazar que hoy día. Pero a mí me gusta imaginar que la razón de fondo es que, antes de que se le hiciera necesario ponerse guapo y atractivo, y exponerse en la vía pública para que, tras negociar un descuento, adquiriera sobre él cualquier viandante derechos de propiedad, el libro era una compañía con la que uno mantenía un diálogo que consideraba preferible mantener en el ámbito de la intimidad.

Henrik Hdez.-Villaescusa Hirsch
Consulta de Psicoterapia y Filosofía
http://www.filosofiapractica.com

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