¿Una primavera catalana?

Audio y artículo de la colaboración en Rico al Cuadrado,

revolucion-francesa-7008La cadena humana que el miércoles pasado tuvo lugar en Cataluña en defensa de su independencia política constituye, sin lugar a dudas, un acontecimiento histórico. No sólo porque figurará en los libros, sino precisamente porque basta repasar las iniciativas populares que esos libros destacan para constatar que lo que otorga el poder a quien lo detenta es el indominable deseo de alcanzar una meta, mientras que lo que permite reunir a una gran cantidad de individuos en una masa es precisamente la renuncia a su deseo individual. Es decir, un no querer. Por eso, generalmente, los grandes colectivos no se movilizan por algo, sino en contra. A diferencia del líder, cuyos rechazos se rigen por un proyecto para cuya realización hay que eliminar todo obstáculo, cuando la masa no quiere esto o aquello, no deriva este rechazo de algo que sí quiere (pues cada uno ha renunciado a ello en beneficio de la acción común), sino que es un no querer sin más, un mero rechazo.  Que este no querer sin deseo sea condición de la acción colectiva se desprende que su condición es la de que el no querer de la masa tenga que acabar por transformarse en una renuncia final a saber lo que se quiere. Movilizarse contra deja entonces de ser una opción estratégica para convertirse en la única posibilidad.

Que no quieren seguir formando parte de una España económica y moralmente derrumbada, eso lo saben cada vez más ciudadanos en Cataluña. Qué forma de participación de los ciudadanos en la gestión del hipotético nuevo estado catalán podría evitar que resultara ser una mera copia del que se abandona, eso, por ahora, no parece planteárselo demasiada gente: los líderes, porque aspiran precisamente a eso, a que nada cambie menos quién se reparte el botín. La masa, porque eso ya exige querer, desear, pensar, posicionarse, crear algo nuevo, estar en desacuerdo, no ser masa y tener menos fuerza.

Y aquí se encuentra la clave de ese mecanismo de uso inmemorial. El líder no es un individuo reflexivo, sino esencialmente activo, movido por un deseo que no pone en cuestión. Posee, pues, gran energía, pero carece por sí mismo de la fuerza necesaria para imponer sus objetivos a los demás. Esa fuerza sólo puede obtenerla de la masa, pero ésta, a diferencia del individuo, solo resulta fuerte precisamente cuando actúa sin deseo. La masa sólo puede destruir para ofrecer el solar y los escombros con los que hará real el sueño del líder. Y su perplejidad ante lo así conseguido, la certeza de que el resultado de su empuje colectivo ha sido tan contrario a sus intereses (intereses que sólo aparecen precisamente cuando son contrariados por el nuevo régimen) le confirma la inutilidad de todo esfuerzo y garantiza su docilidad ante un estado de cosas que ha cambiado, pero no mejorado.

El ejemplo más moderno de ello lo tenemos en las llamadas “Primaveras árabes”, de entre las cuales el caso más actual y dramático es, sin duda, el sirio. ¿No se han apropiado de la Revolución fuerzas bien distintas a aquellas que la iniciaron? Pero la propia Cataluña escoge, como fecha simbólica, el 11 de septiembre de 1714, día de la trágica entrada de las tropas borbónicas en Barcelona. ¿Por qué causa ofrecieron su vida los barceloneses durante meses de resistencia al sitio?  Digámoslo: por un rey (Carlos III –de los Austria-) que desconocía tanto el castellano como el catalán, así como por un fuero que defendía los derechos de una incipiente burguesía (que, por cierto, se hizo borbónica cuando Inglaterra se retiró de la guerra, como después en la Guerra Civil) y los de la rancia nobleza aragonesa que se resistía a renunciar, como había hecho la castellana, a disponer incluso de la vida de un campesinado al que mantenía en condiciones de esclavitud.

¿Tiene que repetirse la Historia? Por supuesto que no. Pero toda esa fuerza pacífica desplegada sólo para decir que no se quiere ser español puede fácilmente (si no lo está haciendo ya) caer en muy malas manos. Es necesario que esa fuerza sepa, además, que no quiere tampoco una democracia representativa, sin separación de poderes, tutelada por la banca y con los servicios públicos en venta, es decir, un calco del fruto de la transición continuista que por algo ponen como ejemplo en EEUU. Que su no querer ser español puede ser también un querer un estado con participación real de los ciudadanos en las instituciones, con una justicia independiente, medios de comunicación independientes y un Estado propiedad de todos. Que ser catalán o español sea lo de menos o, al menos, que ser catalán no sea no ser español, sino demócrata y solidario. Que las revoluciones dejen de serlo de las masas y por los pueblos para serlo de y por los ciudadanos.

Y en la tele no sale nadie que esté por la labor.

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¿Y qué pasa si nos vamos? Soberanía nacional y soberanía monetaria

España dentro o fuera del Euro, Catalunya dentro o fuera de España… en los medios se suceden especulaciones sobre las ventajas e inconvenientes de cada opción  . Escúchalo en Ricoalcuadrado o aquí:

Pero, en un momento en el que la cuestión de la llamada “soberanía nacional” es protagonista de nuestra vida política, sorprende que se ignore que, hoy, la soberanía no reside en el pueblo, sino en la moneda.

cerebrodineroNo en vano los países de mayor tradición democrática de Europa (Reino Unido y los países escandinavos) son los que han decidido mantener las suyas. Desde luego, una moneda fuerte, en la medida en que se convierte en divisa de intercambio internacional,  permite influir mejor en la política mundial (véase el dólar, qué casualidad que EEUU sintiera la necesidad de invadir Irak cuando este país comenzó a admitir el pago de su petróleo en Euros). Pero, de puertas para adentro, implica la cesión de soberanía económica de los miembros más débiles de la Unión Monetaria en favor de los más fuertes. En definitiva, el viejo dilema acerca de las ventajas e inconvenientes de integrarse en el imperio vencedor.

Pocos dudan ya de que el esplendor económico de la España de la pasada década es un efecto de la integración en el Euro, como también lo es nuestra actual sensibilidad a la crisis internacional. La recuperación de la moneda propia, y su segura devaluación (se calcula sobre un 50%) estimularía nuestra capacidad de vender y reduciría la de comprar. Los salarios nominales serían los mismos, pero la inflación mayor y, en relación a los salarios europeos, experimentarían una drástica pérdida de valor. Por otro lado, en este escenario resulta más fácil pensar en una recuperación económica y una reducción significativa del desempleo. De todos modos, los salarios ya están, o reduciendo significativamente su valor nominal, o sencillamente desapareciendo, y nuestros bienes inmobiliarios no dejan de perder también valor nominal.

Así pues, ¿de dónde procede la resistencia a la recuperación de la soberanía monetaria? Probablemente del sistema bancario, que es el que en río revuelto todavía es capaz de hacer ganancia. En el próximo artículo detallaremos por qué. Pero lo que quería poner hoy de relevancia es el hecho de que lo que nos mantiene nuestro futuro económico en el limbo es precisamente nuestra incapacidad para hacer de la decisión acerca de nuestra permanencia o no en el Euro una cuestión política y no meramente económica. Mientras pensemos como los bancos, haremos lo que quieren los bancos. La decisión sobre nuestra moneda ha de apartar de la mesa los balances comerciales, el déficit fiscal o la deuda pública. La decisión sobre la moneda ha de ser una decisión política, porque es una decisión acerca de quién ostenta la soberanía y, por tanto, quién decide una política social, educativa y de empleo.

Henrik Hdez.-Villaescusa Hirsch
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Rico al Cuadrado.

¿Quién se quedará con la alternativa al mercado?

La izquierda habla contra el mercado, pero se manifiesta para recuperar el Estado del Bienestar · Mientras, lo más parecido a una alternativa económica es construido por organizaciones de personalidad ideológica de tono, cuanto menos, poco progresista. Escúchalo en Ricoalcuadrado o aquí:

cocina griega2El liberalismo económico consiste fundamentalmente en que “el mercado” deje de ser lo que fue en la antigüedad: un foro de intercambio social y, sólo derivadamente, económico. El ágora griega y el foro romano, y todavía también la plaza medieval, cumplían esa doble función, y se constituían así en el núcleo de la vida de las ciudades. Los intercambio de bienes, servicios, favores, conocimientos técnicos, ideas, eran inseparables unos de otros, y todo ello era también inseparable de la relación personal entre los quienes tenían algo que ofrecer y quienes tenían una necesidad, o un deseo, que satisfacer. En este contexto, la negociación de pagos y trueques era, para la mayoría (para una selecta minoría quizás lo fueron las ideas), tema favorito de establecimiento de relaciones sociales, y de una modalidad de deuda socializante: el favor debido, el mutuo préstamo de herramientas, de ayuda o de alimentos en caso de necesidad.

El cuadro que acabo de dibujar resulta, por supuesto, idílico sólo por su simplificación. Precisamente el amplio margen que la ausencia de regulación (sólo existía la que delimitaba los gremios y, precisamente, la que prohibía la usura), y el escaso uso de la moneda, dejaba a la negociación, hacía imposible establecer algo así como el “valor justo”, o “valor en sí” de los bienes o servicios, menos aún de las deudas.¬ Ese valor era el resultado de múltiples factores, entre los que estaba, por supuesto, nuestra querida relación entre oferta y demanda, pero también otros no menos importantes, que provenían del orden de lo social, de las relaciones personales existentes entre los negociadores. Por eso el “extranjero”, que estaba fuera de esa red de relaciones, lo tenía entonces tan difícil para comerciar, y sólo podía hacerlo en la medida en que su oferta resultara inequiparable a lo que el mercado que visitaba pudiera ofrecer. Las expediciones comerciales eran auténticas aventuras de las que uno no sabía si volvería enriquecido, empobrecido o, al menos, vivo. El regateo y lo que conocemos como “timo al turista” practicado en las tiendas de souvenirs de las medinas árabes, son restos de ese funcionamiento.

La imposición del llamado “libre mercado”, mágicamente autorregulado por la sola ley de la oferta y la demanda, significó: 1) sacarlo de las plazas y situarlo en el espacio virtual de las anotaciones contables, y 2) separarlo de lo social. Esto implicó que la deuda ya sólo pudiera contraerse con el mercado mismo como tal, y que uno sólo pudiera “prestar” asimismo al mercado. Exento de dimensión social, este trasiego de “favores” económicos ya sólo mantenía sentido si entraba en juego la usura. La burbuja crediticia que hoy nos atenaza es hija de esta deslocalización del mercado, convertido ahora en un ente abstracto cuya esencia es la capacidad infinita de proporcionar bienes y servicios a cualquiera, independientemente de su lugar social, pero también su infinita capacidad acreedora, que tampoco distingue el uso que los deudores hagan de lo prestado.

En un excelente trabajo de campo reveladoramente titulado Mercados de la desposesión, la antropóloga Julia Elyachar muestra, en el caso de Egipto, cómo fracasa la Cooperación Internacional precisamente por el desencuentro entre el “mercado social” todavía imperante entre los artesanos egipcios, y el “mercado abstracto” al que los que quería incorporar. El libro es de 2005, año en que el país todavía se encontraba bajo el mando de Mubarak, pero mientras, a raíz de la “Primavera egipcia”, nos hemos enterado de que mientras el FMI y el Banco Mundial, a través del entramado de ONGPS (neologismo mío, lo admito: Organizaciones No Gubernamentales Pero Subvencionadas), se empeñaba en llevar a Egipto al “libre mercado”, las organizaciones islámicas que luego obtuvieron los votos llevaban décadas extendiendo su mensaje a base de tejer las redes de solidaridad y servicios sociales que el Estado no ofrecía.

¿Qué tiene que ver esto con Europa? Muy fácil: ¿quién está ofreciendo en España la atención social que el Estado está progresivamente dejando de prestar (Educación, alimentación, vivienda, incluso a veces sanidad)? La Iglesia Católica. Que esta institución dedique una parte de sus recursos a esta labor resulta, por supuesto, encomiable, pero también me parece que debemos pensar las consecuencias ideológicas de que las fuerzas progresistas, demasiado ocupadas en mantener su cuota de poder institucional, estén cediendo este espacio que, en el fondo, es lo más parecido que tenemos a una economía social. Si no, que se lo digan a los griegos, sí, esos que antaño se enorgullecieron del ágora. ¿Quién sostiene a muchas de las familias que han quedado desamparadas por el Estado? Una organización que lleva dos décadas trabajando en silencio, esperando un momento que considera llegado, y creo que todos esperamos que se equivoquen: los neonazis de Aurora Dorada, que cuentan ya en Grecia con casi tanto porcentaje de voto como aquí el partido en el gobierno.

Henrik Hdez.-Villaescusa Hirsch
Consulta de Psicoterapia y Filosofía
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¿Alemania también al borde del abismo? Una contradicción fundamental en Europa

La semana pasada hablamos de la dificultad que tenemos de romper con los esquemas viejos para abrazar los nuevos. El modo habitual de pensar es inverso: es cuando sabemos a dónde vamos que nos podemos poner en movimiento. Pero este es un modo de pensar altamente conservador. ¿Sabían los revolucionarios franceses o rusos a dónde iban a parar cuando se pusieron a la labor de demoler las viejas estructuras de la sociedad feudal, unos, y de la democracia burguesa, los otros? Ningún auténtico cambio puede realizarse sin que suponga un salto al vacío. Escúchalo en Ricoalcuadrado o:

salto al vacíoPero claro, uno sólo salta así cuando algo lo precipita hacia él, cuando no tiene nada que perder. Eso es lo que frena hoy a los países del sur de Europa a la hora de decidirse a enfrentar su situación. El modelo viejo todavía triunfa en los países de la Europa del Norte. Y aquí llegamos a una paradoja: para que triunfe en esos países, tiene que fracasar en los del sur (para que les enviemos mano de obra cualificada barata). Pero, a la vez, han de mantener en esos países del sur el espejismo de que el triunfo aún es posible, de que esta crisis es sólo pasajera y de que, si se aplican (en los recortes) y trabajan (en el norte), la situación será temporal y pronto podrán volver a sus casas y recuperar, o hasta aumentar, sus niveles de bienestar.

En este contexto podríamos entender mejor la aparentemente ambivalente política de Alemania con respecto a los países del sur de Europa, una de cal y otra de arena: lo más reciente, por ejemplo, que Merkel proponga que Alemania financie directamente al empresariado español, ya que no lo hacen los bancos españoles. Qué buena, noticia ¿no?

No sé qué intenciones la mueven. Pero creo que todo lo que hemos venido hablando acerca de la deuda, y la experiencia del endeudamiento que tienen los argentinos, los latinoamericanos en general, los países africanos, en fin, casi todo el mundo, en cierta manera hasta los propios EEUU, no puede sino hacernos sospechoso este nuevo movimiento de la presidenta alemana. ¿Es nuestro gobierno el que emplea mal los fondos prestados por Europa? ¿O es que esa “ayuda” (mira que llamar ayuda a un crédito al 5 o 6%) podría no buscar tanto la reactivación de nuestra economía como perpetuar su dependencia?

Pero aquí la lógica se enseña poco (ya menos, para algo quitamos la asignatura de Filosofía del bachillerato), y la contradicción no se quiere percibir. Preferimos mantener la ilusión de que podemos ser Alemania, cuando lo trágico es que está tan al borde del precipicio como nosotros. La diferencia está en que Alemania está utilizando nuestra ceguera para iluminar su propio camino, al menos una generación más, después, los que vengan, ya se arreglarán.

EL TRABAJO DEL FUTURO

En pleno Prime Time del canal de televisión con mayor audiencia en España, un economista pseudogore aconseja a los televidentes en paro formarse como inversores en bolsa. ¿Anécdota o síntoma revelador?

(o escúchalo en Ricoalcuadrado)

26465_dictadura-financiera_bigSe pudo ver en “El Gran Debate” de Telecinco (canal, por cierto, propiedad de Berlusconi). Desde luego, no es el programa al que uno acude para formarse opinión, ni el “experto” en cuestión hace otra cosa que publicitar sus propios cursos de “Bolsa para todos”. Pero que esa propuesta tenga ese espacio me parece revelador del hecho de que no estamos reaccionando a esta crisis como debe reaccionarse ante toda crisis: cambiando los viejos esquemas mentales por esquemas nuevos.

La principal reclamación política que plantea hoy Catalunya a España es el aumento del límite de déficit. Las comunidades autónomas se pelean entre sí en relación a su derecho a endeudarse. El gran éxito político cuyo reconocimiento reclama Rajoy es su capacidad de “colocar” deuda en los mercados. Fijémonos en el eufemismo: “colocamos” deuda, como si les hubiéramos vendido algo o les hubiéramos colado un gol, como si hubiéramos hecho un gran negocio. ¿Se imaginan a alguien que volviera feliz del banco diciendo: “¡Les he colocado un préstamo que tendré 40 años para devolver!”. Eso, por supuesto, puede tener sentido si por el dinero así obtenido puedo obtener un interés mayor, como hacen los bancos con los préstamos al 1% del BCE. Pero una administración que toma préstamos al 5% para pagar los intereses de préstamos anteriores, ¿puede vender su nuevo endeudamiento como un éxito?

En este contexto, desde luego, no sorprende la propuesta televisiva. Como no puede vivir ya a expensas de la burbuja económica de la pasada década, nuestra clase política intenta hacerlo ahora a expensas de la nostalgia de la burbuja, de la ilusión de que el milagro se puede repetir, de que el dinero que solucione todos nuestros problemas puede crearse ex nihilo. De hecho, el truco no es nuevo: Pat Robertson, gurú norteamericano del ultraliberalismo económico y el integrismo evangelista, considera que la creación de dinero nos acerca a la divinidad, razón por la que EEUU se ha afanado tanto por facilitar por Latinoamérica la propagación de esa versión del Cristianismo. Mientras tanto, esta mañana escucho como la radio se burla de un cantante que, como solución a la crisis, propone comprar productos del país. Claro, la globalización económica es ya dogma de fe.

No sé qué proporción de políticos y líderes de opinión carece de la honradez suficiente como para liderar la salida a la situación actual. Desde luego, a tenor de los titulares de la prensa, no es pequeña. Pero aunque tuviéramos una clase política de honestidad escandinava, ¿qué viejas políticas pueden dar respuesta hoy? De lo que sí estoy seguro que carece nuestra clase política es de imaginación. Imaginación con la que afrontar situaciones nuevas y enfrentarse a los hechos consumados de los poderes fácticos internacionales. Sólo cuando dejemos soñar con la sociedad que soñaron nuestros padres retiraremos el poder a quienes alimentaron ese espejismo y nos haremos adultos que trabajan por un proyecto propio.

TERMODINÁMICA POPULAR: ¿POR QUÉ SE CONSTRUYÓ EL ESTADO DEL BIENESTAR?

Para entender por qué nos quitan el estado de bienestar hay que saber primero por qué nos lo habían dado. Intentemos resumirlo:

(o escúchalo en Ricoalcuadroado)

Crisis what crisisEn Europa, y en los países del sur en particular, estamos siguiendo un rápido curso de termodinámica popular. Estamos aprendiendo, no sentados en un aula, sino en nuestro día a día, que para construir algo se precisa una inversión de energía incomparablemente mayor que la que se precisa para su destrucción, que es simplemente cero. En un solo año España ha vuelto a niveles de servicios sociales de hace diez, y parece que esto no ha hecho más que empezar.

Naturalmente hemos pasado, fácilmente, de la sospecha a la certeza de que la crisis del crédito constituye una herramienta de las multinacionales financieras para forzar la “privatización”, o sea, la reventa a precio de saldo de las infraestructuras construidas durante años con fondos públicos. Desde esta perspectiva, la construcción del llamado “Estado del Bienestar” (categoría a la que, por cierto, en España supimos que pertenecíamos cuando nos dijeron que ya no se podía mantener) adquiere otro sentido.

La versión oficial podría resumirse así: “Escarmentada por las devastadoras guerras a que el descontento social había abocado a Europa, la clase política se convenció de que el Capitalismo sólo podía mantenerse si garantizaba unas condiciones vitales mínimas que evitaran el descontento y la revolución, así como un cierto superávit en las economías domésticas que propiciara el consumo.” Esta narración de los hechos resulta verosímil, pero obvia un elemento clave de la economía del S.XX, precisamente el que ha entrado en crisis ahora: el endeudamiento.

Lo que ha alimentado la economía europea, ya desde principios del pasado siglo, no es el consumo proveniente del salario sobrante, sino el crédito privado. Mi trabajo alienado se justifica, no por lo que me puedo comprar con mi sueldo, sino con lo que me presta el banco contra la garantía de mi sueldo futuro. Esto, la deuda, es lo que me atará de por vida a mi trabajo, porque si yo sólo consumiera gastando lo que me sobra, sin contraer deudas, podría ocurrir, ¡oh peligro para la producción compulsiva!, que un cambio personal de valores, por ejemplo, me llevara a reducir mis necesidades de consumo, y reducir en consecuencia mi dependencia del trabajo por cuenta ajena. Este mecanismo supera admirablemente la contradicción inherente a la economía capitalista: ha de proporcionar a los ciudadanos la sensación de que extraen un provecho de su trabajo, sin que, por otra parte, ese provecho sea algo que deban  gestionar de una manera autónoma (en términos técnicos: han de manejar dinero y bienes, pero sin llegar a poseerlos). La solución, como hemos indicado, es el endeudamiento.

Pero, ¿no previeron que llegaría un día en que el endeudamiento es tal que anule la capacidad del ciudadano de endeudarse más y se desvanezca, así, la ilusión? Naturalmente. Ahí está el papel de la llamada “Cooperación Internacional”, cuya misión consiste, salvo honrosas excepciones, en exportar el modelo del endeudamiento privado (los pérfidos “microcréditos” que tan buena prensa tienen entre el subvencionado mundo de las ONG).

¿Y qué pasa si, finalmente, los antiguos deudores no pagan? Poca cosa, porque la espiral de la deuda ha producido, entre tanto, un crecimiento tan desproporcionado del precio de los bienes (aquí: burbuja inmobiliaria, en otros lugares especulación con los cereales, el petróleo…) que están pagados de sobra sin que, por otro lado, llegue a extinguirse el compromiso de seguir pagando, que es lo que aquí realmente importa.

Henrik Hdez.-Villaescusa Hirsch
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