Divulgatización y poder (“El Despensario”, en “Hablamos” RKB 106,9 FM)

Divulgar viene de vulgus, gente. Pero de aquí viene también vulgata, la traducción que la Iglesia hizo de la Biblia al latín. Como la del Corán, la traducción de la Biblia no era libre, sino que estaba sometida, por decirlo en térmnos modernos, a homologación por la Iglesia. Algo parecido ocurre con nuestros libros de texto escolares. ¿Divulgan en el sentido de acercar el conocimiento a sus lectores? ¿O lo hacen en el sentido de la vulgata eclesiástica, imponiendo una interpretación de lo divulgado? Me permito acuñar un neologismo para esta nueva posibilidad: divulgatización, y me pregunto hasta qué punto es posible escapar, de ella en la divulgación. ¿Puede divulgarse el conocimiento? ¿Pueden divulgarse las inquietudes, las preguntas que dieron lugar a ese conocimiento?

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¿Son necesarios los líderes? (FNAC L’Illa Diagonal, Abril 2012)

ImagenEn el Café dedicado a la cuestión del poder, surgió la duda acerca de cuál es el papel del liderazgo, que decidimos entonces que constituyera el tema de la siguiente sesión, que fue esta de Abril. Dimos comienzo con una breve lluvia de ideas mediante la que intentamos recoger cuáles eran las características que asociamos a la función del líder, y salieron muchas, algunas difíciles de conciliar. No se sabía muy bien si tenía que ser capaz de resolver con sus convicciones las dudas de sus seguidores, o si más bien no era él quien carecía de ellas, pero tenía una gran capacidad de encarnar un sentir general, las aspiraciones del conjunto.

Parece que la posición del líder tiene bastante que ver con la del espejo: alguien en quien mirarnos, en quien reconocernos, pero que a la vez nos obliga a revisar constantemente quiénes somos y, sobretodo, qué queremos y hasta qué punto. Todo esto dio, como suele ocurrir en los cafés, pie a toda una serie de interrogantes que quedaron por resolver: ¿se ama al lider? ¿ama él mismo? ¿tiene que ver el liderazgo con el amor? ¿qué pasa, entonces, con los liderazgos opresivos? ¿son siempre limitadores de la libertad? ¿o puede ejercerse el liderazgo de manera que, al contrario, la amplíe?

Pero ya se sabe, cuando se empieza a preguntar no se ve el límite, de modo que nuestros interrogantes han ido creciendo en osadía. Así, nos hemos preguntado si el liderazgo ha de ser siempre identificable con un individuo, o puede ser ejercido por una institución o, incluso, por una idea. Lo que sí parece que ha suscitado un cierto consenso es la constatación de que nuestra sociedad no está, como proponía algún asistente al principio, falta de líderes. El asunto parece más que carece de líderes a la antigua usanza: grandes políticos, grandes referentes culturales… Pero eso no necesariamente tiene que valorarse como un empobrecimiento. Seguramente tiene que ver con las nuevas formas de estructuración social que están surgiendo, de modo que la Historia parece que va en la dirección de repartir las funciones de liderazgo, dando lugar a lo que hemos venido a llamar un liderazgo en red. Los líderes, pues, siguen pareciéndonos necesarios, lo que no nos parece necesario, lo que incluso nos parece ya superfluo, es poderles dar un nombre y señalarlos con el dedo.

Reseña del café filosófico “El poder personal” (FNAC L’Illa, 2/3/12)

El tema de esta café proviene de cuestiones que surgieron en el anterior, dedicado a la libertad. ¿Qué es el poder? comenzamos preguntando. Quizás dominados por la actualidad, las primeras definiciones resultan ser todas de carácter negativo, como aquello que se vive como limitación de la libertad de cada uno. El poder lo ostentan los políticos, los ricos, los militares, los que tienen la información… y lo padecen los ciudadanos que aspiran a mantener su pequeña parcela de libertad personal.

¿Es, entonces, el poder siempre algo de lo que liberarse? ¿Puede concebirse el poder de una manera positiva? Con estas preguntas a contracorriente de lo que se ha venido conversando, se inicia un proceso de reflexión en torno al sentido profundo del término que nos ocupaPoder es, en definitiva, poder… algo. Todos ostentamos, en principio, un poder, sin el cual no se entenderían siquiera nuestros actos cotidianos. Hay, pues, un poder personal en la medida en que cada uno de nosotros puede esto o aquello que decide libremente. El poder, pues, no está en sí mismo reñido con la libertad, sino sólo con cierto uso del mismo.

Aparece, entonces, la cuestión de por qué el poder puede usarse de acuerdo, o en contra de la libertad. Una participante apunta, en este momento, que ceder a otro el poder resulta muchas veces más cómodo, más fácil. Que seguramente hay poderosos porque hay muchos individuos dispuestos a eludir las dificultades propias del ejercicio del poder. Aparece entonces la cuestión del liderazgo, la de cómo ejercen los líderes el poder sobre aquellos que se lo entregan.

Pero decidimos que esta cuestión ocuparía por sí misma un café, así que terminamos por aparcarla en beneficio de otras: ¿Puede el poder ejercerse sobre uno mismo sin ejercerlo sobre los demás?¿Puede el poder ejercerse colectivamente? Ambas suscitan posturas encontradas, que parecen obedecer más bien a diferencias de carácter de los participantes. Para unos, pues, el poder auténtico se ejerce sobre uno mismo, haciéndose, aprendiendo, independizándose de los demás. Para otros, toda acción ha de ser, en definitiva, pública y colectiva.

Para terminar el café con un sabor más dulce, el coordinador pregunta si el poder, como reza el tópico, resulta  erótico. Hay unanimidad en torno a la respuesta afirmativa, pero es de notar que la pregunta se ha entendido de dos maneras bien diferentes: para unos, se trata de si el ejercicio

del poder añade atractivo a quien lo ostenta. Para otros, de si el poder resulta atractivo de por sí. Pero se nos agota el tiempo y no podemos dar paso a un examen práctico de la cuestión, así que terminamos decidiendo, como siempre, el tema de la sesión siguiente, que tendrá lugar el 10 de abril, y que no será otro que el del liderazgo que habíamos dejado aparcado en este café

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El Despensario (RKB FM 106.9): Hacerse, pero no demasiado

Lila Oliva

El Hablamos de hoy se preguntaba en qué consistía ser mujer hoy. Como suele ocurrir, desde la Filosofía no podemos responder a la pregunta, pero sí preguntarnos si está correctamente planteada. Este camino nos ha llevado a considerar que, quizás, la dificultad hoy resida precisamente en ser (mujer, hombre, médico, profesor, funcionario…) obviando algo previo, el hacerse de ese ser.

Ahora bien, por otro lado, un hacerse que obvie que uno es algo, aunque no sepa qué, nos condena al solipsismo y a la angustia, y nos estrella contra la realidad de nuestro mundo y nuestro cuerpo. Por eso la cuestión de la adscripción sexual (o “de género”, como dicen ahora) resulta nuclear. Uno ha de llegar a comprender que hombre o mujer no se es, sino que se hace pero, al mismo tiempo, que este hacerse no es absolutamente libre, pues el cuerpo con el que uno ha nacido determina ya aquello que uno se ha de llegar a hacer.

En definitiva, el viejo problema de filosófico de la conciliación entre libertad y necesidad, que también es el problema de la terapia: el propio pasado ha de llegar a poder ser considerado, no como un condicionante de nuestro presente y de nuestro futuro, no como un límite de nuestra libertad, sino como un objeto de la misma. Hacerse, en definitiva, es también rehacerse.

El audio del programa y los textos del Despensario, aquí.

Memoria del Café Filosófico “El sentido de la vida”, 9/9/11 FNAC Diagonal

En la sesión del pasado junio los asistentes eligieron como tema para ésta de septiembre uno de los clásicos de la filosofía: el sentido de la vida. Quizá porque se trata de una fórmula tan conocida, quizá lo suficiente como para perder de vista su significado original, se ha optado por aplazar la respuesta y comenzar discutiendo el sentido de la pregunta misma, lo que, como suele ocurrir en estos casos, ha terminado por dominar la sesión.

La mayoría de participantes han entendido espontáneamente el término “sentido” como “dirección”, como un “hacia dónde” que se identifica con un “para qué”. Estas asociaciones han venido acompañadas de propuestas, unas más concretas, otras menos: se ha hablado de cosas tan dispares (o no) como “el bienestar”, “los otros”, “sentirse valorado”, la muerte, el saber… pero como aquí nadie exige respuestas rápidas, pronto las que han ido surgiendo han quedado en evidencia por resultar insuficientes. ¿Pueden, acaso, orientar nuestra vida? ¿A qué cambios, a qué decisiones dan lugar? Así que la conversación ha virado progresivamente hacia la legitimidad misma de la pregunta. ¿Dónde buscar un sentido de la vida? ¿Puede ser enseñado? En tal caso, ¿por quién? El grupo comienza así a dejarse llevar por la osadía del preguntar, lo que el coordinador aprovecha para recordar que hasta ahora hemos presupuesto que la vida sólo tiene un sentido “hacia delante”, olvidando que toda dirección tiene dos sentidos, de modo que también podría tenerlo “hacia atrás”, revisando, narrando, como proponía Séneca, el pasado para dotarlo de “sentido”, ahora entendido también como “significado”.

Es notable observar que esta propuesta goza de mayor éxito entre los participantes de más edad que entre los más jóvenes, que prefieren dejarse provocar por una nueva pregunta del coordinador: ¿es mía una vida orientada por un sentido aprendido de otro? Surge así una pequeña escisión en el grupo: la religión, algunos “maestros del bienestar”, pueden orientar nuestra vida, opinan algunos. Otros, en cambio, comienzan a hacer explícito por primera vez que quizá dotar de sentido a la vida sea una tarea a acometer por cada uno para sí mismo. Pero la duda más radical surge de la participante probablemente más joven: ¿por qué hay que buscarle sentido a la vida? ¿No impide esta búsqueda el disfrute del momento presente? “El disfrute de esta taza de café” concreta otra de las asistentes, ante lo que el coordinador no puede resistirse a aportar una cita de Maruja Torres: “La vida es como el café, huele mejor de lo que sabe”. Pero esta no es la experiencia de la joven, que aglutina en torno a su postura a buena parte de los participantes.

El coordinador, con fe platónica en la productividad de los juegos lingüísticos, pregunta entonces si no podría haber un “sentido de la vida” como lo hay del tacto o de la vista. Esta propuesta anima el debate, y no tarda una asistente en identificarlo con el mítico “sexto sentido”. Quienes habían tomado parte en el café dedicado a la intuición relacionan ambas cosas, y parece surgir cierto consenso en torno al hecho de que un tal “sentido” tendría que ver con la capacidad de sobrepasar el razonamiento lógico e ideológico y “escuchar” las circunstancias y oportunidades que nos brinda la vida para fortalecernos con ellas, independientemente de si constituyen motivo de placer o sufrimiento.

Las posibles ramificaciones del tema son infinitas pero el tiempo de la sesión no, así que toca intentar ponerse de acuerdo en torno a alguna conclusión. Parece difícil, pues no sólo no hemos respondido a la pregunta inicial, sino que nos hemos dado cuenta de que no sabemos realmente qué preguntamos cuando la formulamos. Hasta tal punto que parece que todos los participantes, incluido el propio coordinador, están de acuerdo en que terminan la sesión con el convencimiento de que la búsqueda del sentido lastra en exceso nuestra vida, y que quizás ésta tenga sentido precisamente cuando no se pregunta por él.

Quizá no sea casual que el tema elegido para la próxima sesión tenga que ver precisamente con la quiebra del sentido: el humor.

Taller de Filosofía – Actualizando a Marx II: el dinero como símbolo socializador del deseo y la angustia

La culpa también es una forma de angustia. Si la deuda económica es un fundamento del dinero, parece que podemos concluir que, de alguna manera, pasándonoslo de mano en mano, nos pasamos esa patata caliente que nos han enseñado que es la angustia. El dinero crea deseo, el dinero cuantifica el deseo de posesión del capitalista, y este deseo, cada vez más difícil de satisfacer, genera angustia, que sólo puede cancelarse gastando ese dinero y traspasando, por tanto, esa angustia a quien se lo cobra.